Carlos Cortés

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24 de octubre de 2026

La IA escribe y yo duermo

Hace unos días estaba intentando terminar sobre la hora una propuesta para una convocatoria de cooperación internacional. Tenía algunas ideas dispersas y quería aprovechar la oportunidad, pero me había cogido la noche. Nada de nervios, pensé. Llevo años escribiendo textos a contrarreloj y confío en mi músculo para escribir. Como en el ciclismo, se trata de formar el hábito de resistir –y disfrutar– el sufrimiento. Sin embargo, el exceso de confianza cada tanto me traiciona. Esta sería una de esas ocasiones. Al final, no llegaría a la meta.

Desde que aparecieron los chatbots de Inteligencia Artificial (IA), la tentación de usarlos para delegar la escritura es irresistible. Supongo que a la vuelta de la esquina se volverá una práctica común y corriente. Pero, al menos en este presente, lo veo como una forma de doping: es ascender por la loma en una moto eléctrica y pensar que eso es hacer ejercicio. El problema es que no todos los textos son iguales. Si algo puso de presente la era del ChatGPT es que gran parte de nuestro trabajo gira alrededor de documentos que se intercambian como trámites burocráticos: correos electrónicos, formularios e informes que se escriben y se leen sin atención. Si es que llegan a leerse.

Me impuse la regla de no usar IA para escribir La zona de la máquina (disponible en impreso y Kindle). Tampoco la uso para las columnas de opinión. Más de uno me habrá oído mencionar que mi solución es Freedom, una especie de candado digital que bloquea páginas y aplicaciones de internet (tiene otra función importante: esta semana me auto-exilié de X para evitar un round de boxeo con los seguidores del Presidente). Al final del ejercicio de escritura o en algún intermedio, busco sinónimos o tanteo oraciones, pero siempre me ocupo de sacar adelante el texto de manera autónoma. No obstante, ¿por qué no usar la IA para un proyecto de cooperación? ¿Cómo rechazar ese empujón digital para redactar los latosos objetivos, actividades y resultados?

Sí uso IA entonces –Claude, en particular– para armar resúmenes, documentos legales e informes y propuestas. Considero que si la IA sigue mis instrucciones y desarrolla mis lineamientos, si en últimas yo soy el autor y el editor, cumplo la máxima de la relación con la máquina: mantener al humano al frente del proceso. Es tanto como tener un asistente aventajado. Suena bien en teoría, pero el riesgo –como advierte Ethan Mollick– es dormirse al volante.

Los prompts que quedan en textos y discursos ya son un género de memes en redes sociales. «Si quieres, ahora te lo separo en subtítulos más didácticos para tu libro», se lee en la obra del prestigioso abogado. El humano no solo le entrega la tarea a la máquina, sino que omite la labor más elemental de revisarla. Más allá de la humillación pública para el autor que realmente no lo era, ilustra con claridad la disfuncionalidad que vivimos: la zona está inundada de contenido vacío que no le importa a quien lo produce ni a quien lo recibe. Y en ese bucle zombi, la innovación de la IA solo sirve para optimizar la fábrica de ruido.

En medio del afán por mandar la dichosa propuesta, pude darme cuenta de que hacía rato que dormía la siesta. Sin que yo tuviera claro lo que quería hacer y cómo, pretendía que Claude rejurgitara un proyecto competitivo y coherente. Leía con impaciencia las versiones y llenaba el chat de instrucciones insustanciales a la espera de un milagro. La máquina es, a la vez, súbdito y Dios: «De la plegaria al prompt, le hablamos al deus ex machina con la esperanza de una respuesta», escribe Mark Coeckelbergh. En cada ronda el resultado estaba más lejos de mi expectativa. En cada iteración el humano estaba más ausente.

Hace poco un tocayo me dijo que la IA lo estaba indigestando. Sentí algo similar en mi intento de presentarme a la convocatoria y terminé renunciando a ese propósito. En últimas, la razón fue más práctica. No sé si otra IA evaluaría mi documento o si una persona lo descartaría sin siquiera darle una mirada. Sin embargo, en la eventualidad de que alguien se tomara el trabajo de leerlo, lo único que yo estaría haciendo es ponerlo a tramitar spam. «No uses la IA para ahorrarte tiempo a costa del tiempo de otros», dice el gurú Shain Parrish.

Tomar el atajo de transferirle la escritura a la IA es empezar a recorrer el camino más largo de desaprender la habilidad del todo. Escribo para saber qué pienso y escribo con frecuencia para seguir pensando. Es posible olvidar cómo escribir. Y es posible olvidar cómo montar en bicicleta.


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El inventario

  • Ansiedad tecnológica, IA y riesgo existencial. Hablé con mi amigo y colega Claudio Ruiz, fundador de Derechos Digitales en Chile. El debate sobre el riesgo existencial de la IA es, en últimas, funcional para los más interesados en el negocio; nos aleja de preguntas más inmediatas e importantes, como el impacto de la IA en el empleo o el uso de nuestros datos personales. No se trata, dice Claudio, de renunciar a este avance tecnológico, sino de pensar en el tipo de IA queremos tener.

  • IA y educación. Lionel Brossi es profesor asociado de la Facultad de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile. Con él hablamos sobre uso de dispositivos y drenaje cognitivo, y el reto de la IA en las aulas de clase. Lionel es realista, pero no catastrofista. Propone, entre otras, un lugar para la tecnología que no excluya la innovación y la creatividad humana.

  • 'A fondo' - crítica y oposición. Y para no descuidar el frente político, hace un par de semanas estuve en el programa de María Jimena Duzán. Con ella y el filósofo Tomás Molina, hablamos sobre periodismo y crítica en tiempos de la Patria Milagro.


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