La absolución de Luis Agustín González: ganar es perder un poco

Hace varias semanas hablábamos con Andrés Morales y Pedro Vaca (saliente y entrante director de la Fundación para la Libertad de Prensa, respectivamente) sobre la absolución de la Corte Suprema de Justicia a favor del periodista Luis Agustín González. Les dije entonces que a pesar del triunfo, la decisión no me gustaba.

Ellos me decían que mientras yo veía el vaso medio vacío, ellos lo veían medio lleno: la Corte exoneró a González, protegió la libertad de expresión de interés público y subrayó el mayor nivel de exposición que tienen los funcionarios públicos.

Cierto. Pero en su competencia –el derecho penal–, la Corte abrió un boquete. Es una discusión interesante, y cómo sé que será un precedente relevante en casos futuros, dejo acá unos breves apuntes sobre lo que me preocupa del fallo.

La Corte revocó la sentencia de segunda instancia en la que González había sido condenado por el delito de injuria (no voy a hablar de los antecedentes, acá pueden consultarlos). Según el artículo 220 del Código Penal, incurre en injuria «el que haga a otra persona imputaciones deshonrosas (...)». El nudo del asunto es sencillo: hay doctrina y jurisprudencia suficiente para afirmar que este delito solo existe cuando una persona acusa a otra de algo fáctico –que sea cierto o falso, es irrelevante–. Es además lo que se desprende de la definición de 'imputar'«Atribuir a alguien la responsabilidad de un hecho reprobable».

Esto quiere decir que en principio no hay injuria cuando uno descalifica a alguien, lo critica agresivamente o simplemente lo insulta. Y ese es el problema principal de la sentencia: la Corte Suprema de Justicia amplió el alcance del delito. Dice:

«(...) en el delito de injuria la materialización del mismo opera no porque se exprese en público que alguien hace o hizo algo en concreto, sino cuando se atribuye a esa persona una forma de pensar, personalidad o valores contrarios a los que se estiman imperantes en la sociedad».

¿Atribuir a alguien una forma de pensar o una personalidad es un delito (decir, como hizo González en el editorial, que alguien es caprichoso o despótico)? ¿Qué son «valores contrarios a los que se estiman imperantes en la sociedad»? Una interpretación tan flexible de la injuria es un cheque en blanco contra cualquier pieza de opinión.

Por supuesto, al abrir el foco la injuria se vuelve un delito totalmente subjetivo. Y, para fortuna de González, en este caso la moneda cayo de su lado:

«(…) sea que se analicen las palabras en su sentido literal o que se examine el contexto dentro del cual se pronunciaron, es lo cierto que ni por sí mismas, ni en razón a lo querido por el acusado, ellas contienen esos matices de vejamen necesarios para entender que efectivamente estuvo en entredicho la honra de la afectada, o que por virtud de lo dicho pudo producirse en la comunidad el efecto que busca castigar la norma penal».

La Corte no hace ningún análisis de los elementos del delito para determinar si González lo cometió. Y como suele suceder con muchos casos sobre difamación, no trazó la línea, sino que optó por resolver el problema diciendo: 'Lo que el periodista escribió es grave, pero esta vez no fue tan grave’.

Para los interesados, acá está el fallo.